De dos a tres caídas.

Aprovechando la pausa del juego de las estrellas en el béisbol y que históricamente las últimas 2 semanas de julio son las más lentas de cada año en cuestión de deportes, también me tome una pausa para pensar en qué escribir. Pedí ayuda a todos mis fieles lectores (a los cuatro) y obtuve algunas ideas buenas, como escribir acerca de cómo habría cambiado la historia del deporte si el VAR siempre hubiera existido (Maradona tal vez ya habría muerto de depresión sin la mano de Dios) y otras ideas malísimas como escribir acerca de la historia de los uniformes de las águilas del América (si, ya sabes quién eres el que sugirió este tema).

Pensé escribir de béisbol y los canjes de media temporada, pero creo que a los que me leen no les interesa mucho. Así que leyendo noticias de deportes en twitter, me topé con que el fin de semana pasado se declaró a la lucha libre en México como patrimonio cultural y me puse nostálgico, recordando mi niñez y a mis ídolos de ese entonces. Me acordé como jugaba a las luchas con mi hermano y mis primos más chicos (¿quién no lo hizo?), haciendo planchas y quebradoras en todo lo alto; poniéndome máscaras y coleccionando luchadores miniatura, todos con la misma pose y pequeñas capas.

La lucha libre en México es diferente. Hay muchas cosas que la hacen especial: la gran diversidad de físicos que se ven arriba del ring (luchadores miniatura como Mascarita Sagrada, gordos y ágiles como Súper Porky y exóticos como Pimpinela que su movimiento sorpresa consiste en darle besos a sus oponentes), el importante rol de los réferis como el rudo Tirantes y el siempre justo Güero Rangel (en la arena de Reynosa el réferi era el Lechero, que siempre le preguntaba al público si fue faul o no), el concepto de rudos y técnicos, las películas de luchadores (El Santo siendo el más conocido), pero sobre todo, las máscaras, que son las que hacen que la lucha libre mexicana sea un símbolo cultural. “Póngale una máscara a un hombre y dirá la verdad”, dijo una vez  Juan Villoro sobre la lucha libre y no sé si aplique tanto eso de decir la verdad, pero sí que le da un toque de misterio el hecho de no saber la identidad que se esconde detrás de los ídolos de los niños.

Y digo de los niños, porque hasta ahora siempre he considerado a la lucha libre mexicana como un espectáculo para niños y adolescentes, tal vez porque hace mucho no la veo con regularidad, o porque cambiaron mis intereses y asumo que los de los demás también. Aunque mis gustos hayan cambiado, creo que tengo algo de razón, pues en la actualidad con tantos cambios de nombres de los luchadores (Mistico, Caristico, Myztesis) y diferentes versiones de los mismos (La Parka, LA Park, la Parka negra), se me hace más difícil que se generen ídolos como los de antes. Ya es más importante el negocio que se hace con el nombre que el luchador que lo porta. Las últimas luchas que me interesaron fue cuando estaban los Perros del Mal, pero con la trágica muerte de su líder, el hijo del Perro Aguayo, desaparecieron de la escena.  Todavía recientemente hubo una lucha de máscara contra máscara donde el Dr Wagner Jr perdió la incógnita contra un tal Psycho Clown, revelando que en realidad era el italiano que sale bailando en los yates en videos en YouTube.

Si me quiero ir antes de eso me tengo que remontar a mi niñez y adolescencia, cuando mis ídolos se formaron y las luchas eran los eventos más importantes de cada domingo. Lo que más me gustaba era ver las luchas de apuesta, máscara contra máscara y máscara contra cabellera. En ese entonces antes de la lucha pasaban videos de los contendientes firmando el contrato de la lucha de apuesta, y al estilo de Rocky, podíamos ver a los luchadores entrenando, preparándose para la pelea más importante de sus carreras en la que apostaban su incógnita.

Mi recuerdo más lejano es cuando Conan, uno de mis primeros ídolos, perdió su máscara contra el Perro Aguayo por culpa del Gran Davis que lo descalificó injustamente en la tercera caída. Después salieron rivalidades de ellos con los hermanos Dinamita y el Rayo de Jalisco Jr. Fue el Rayo quien despojó de su capucha a Cien Caras, con unos topes muy chafas que la verdad yo creo que en la vida real no rendirían a nadie, dejando saber al mundo que el nombre detrás de esa máscara era Carmelo Reyes. El mismo perro Aguayo le quito la máscara al segundo hermano de los Dinamita, Mascara año 2000, Jesús Reyes. Muchos años después el menor de los Dinamita, Andrés Reyes perdió su máscara contra Canek el príncipe Maya. Me acuerdo también de mi buen amigo Roberto decepcionado y casi al borde de las lágrimas cuando Love Machine perdió su máscara contra Blue Panther, después de ser descalificado por aplicar un martinete y se quedó hincado en la lona pidiendo una explicación. Las narraciones de Tinieblas (perdón, el Dr. Alfonso Morales), el rudo Rivera, Leo Magadan y Miguel Linares eran una maravilla. Estos cuates harían que hasta el golf fuera divertido.

Todas esas luchas eran siempre entretenidas, pero para mí las mejores luchas de apuesta fueron las del ídolo de los niños Atlantis. Con el crecí, vi su película con Octagón y aprendí a hacer la quebradora en todo lo alto con mis primos más chicos. La primera batalla que recuerdo fue cuando desenmascaró a Kung Fu, después de ser apaleado por él en varias luchas previas. Después venció en lucha de apuesta a la leyenda Mano Negra, cuando la tercera caída duró menos de un minuto rindiéndolo con una quebradora en todo lo alto. Posteriormente le quitó la máscara con la misma llave al Ultimo Guerrero.

Sin embargo la lucha de apuestas más icónica que recuerdo de Atlantis fue contra el “Pantera rosa” Villano III. Era cuando empezaban a pasar las funciones solo por SKY y recuerdo que la vi en el patio de la casa de un vecino después de que varios cooperamos para que la comprara. Era la primera vez que pasaban la lucha solo en pago por evento según recuerdo y todos los vecinos le iban al Villano III. En la arena también la mayoría estaba con el tercero de la casa imperial y se vio reforzado cuando Atlantis no quería al réferi Baby Richard, por ser de orientación ruda, y el mismo Villano hizo que se saliera para que entrara al quite otro réferi «Rafa El Maya», de último minuto. Casi desde el comienzo hubo un choque de cabezas accidental que los dejó a los dos desangrándose y el resto de la lucha fue una cátedra de llaves y contrallaves. Una belleza de lucha. La verdad yo pensé que Atlantis esta vez iba a perder por que fue la primera vez que vi que un luchador se quitaba la quebradora en todo lo alto y el Villano insistía con llaves, lances y toques de espaldas. Al final Atlantis aplicó de nuevo la llave de su creación, dejándose caer hincado en medio del cuadrilátero y terminó rendido el Villano III. Me dio mucha risa que ahí en la casa del vecino estaban 2 chavitos platicando, y uno decía que estaba vendido, que eran jaladas, que el Atlantis siempre ganaba con la misma llave a lo que el otro simplemente contestó “pues duele un chin#%, por eso hace esa llave”. Mi hermano la grabó en VHS y todavía en años recientes la vi de nuevo en una vieja videocasetera en la casa. Ahora ya está en youtube. Se las recomiendo si quieren verse nostálgicos y entender la belleza de la lucha libre nacional y una de las razones por las que ahora es patrimonio cultural. En las entrevistas finales, me impactó la forma de hablar de ambos luchadores, Villano muy elocuente y Atlantis nada carismático, pero en ambos se nota que detrás de esos disfraces hay gente sencilla y trabajadora, que se juegan la vida cada vez que se suben al ring.

En general pienso que la lucha sigue siendo considerada por la mayoría del público como un espectáculo de barrio, con sangre de mentiras y engaños que parecen más una danza que una pelea; de falsos topes suicidas, patadas voladoras y lenguaje vulgar. Para mí sigue siendo un espectáculo de mitos y leyendas, una representación del duelo entre el bien y el mal y una imagen muy ecléctica del surrealismo mexicano. Es mi niñez encapsulada en un espectáculo que ahora es patrimonio cultural de México.

Deja un comentario