Paraíso perdido

Todos hemos pasado tiempo en algún momento de nuestra vida con alguien que en la superficie parece genial. Normalmente las cosas siguen bien por unas semanas o meses, hasta que de repente esa persona empieza a mostrar su verdadera personalidad y descubres que carga más equipaje que un Boeing 777. Mr. Hyde aparece y la hermosura de Dr. Jekyll se queda atrás. Todo se junta y la relación se va al carajo.

Si los Bravos fueran una chica, probablemente solo le llamas por teléfono, se citan en algún lugar y le explicas las razones por las que ya no puedes más, terminando la relación para eventualmente seguir con tu vida. Desgraciadamente esto no pasa en el deporte. Una vez que escoges un equipo cuando eres niño te quedas con ellos para siempre y los sigues en las buenas y en las malas. Aunque sean los Cafés, los Bravos o el Cruz Azul. Es como estar atrapados en un matrimonio fallido, sin poder salir jamás.

¿Recuerdan esa escena en la película de Sueño de fuga, cuando Andy aparecía cojeando por la cárcel de Shawshank con nuevos moretones y cortadas en la cara después de que las “Hermanas” lo atacaban para intentar violarlo? Esos somos los aficionados de los Bravos en los últimos 18 años, perdiendo 9 series de postemporada consecutivas (cuando pasan a playoff) y un juego de comodín, cada temporada con nuevas heridas, pero con esperanza de salir de la prisión, aunque sea necesario cruzar 500 metros de mierda y drenaje con tal de llegar a Zihuatanejo y ganar la Serie Mundial.

Te desvelas viendo los juegos que se van a 14 entradas, monitoreas cada uno de los agentes libres que contratan, sigues el draft y las sucursales de las menores, compras las gorras y los jerseys, contratas MLB.TV porque aunque no vas a ver todos los partidos, quieres tener la posibilidad de verlos cuando quieras y donde quieras. Y siempre crees que hay una luz al final del túnel, muy tenue que casi no se ve, pero sabes que está ahí y sabes que cuando llegues vas a llorar de la emoción. Desde luego, siempre puede pasar que nunca llegues a esa luz, que toda esa energía invertida se traduzca a nada, ninguna satisfacción, ningún campeonato…nada.

Me hice fanático del equipo a los 11 años, me enamoré de los cánticos de guerra en el graderío, de la actitud de los lanzadores abridores y de los bambinazos del señor Justicia y desde ese mismo año sufrí la decepción de perder la Serie Mundial contra los Mellizos, enojándome cuando el tramposo de Kent Hrbek le levantó la pierna a Ron Gant en primera base para sacarlo de out y luego cuando el Gato Morris nos blanqueó en el séptimo juego. El siguiente año perdieron contra los Azulejos y eventualmente perdieron 2 más contra los Yanquis. Los Bravos ganaron su división 14 años consecutivos y solamente se coronaron en una Serie Mundial, la de 1995 contra los Indios. Buenos años, con mucho buen béisbol pero pocos resultados. Después vino la época oscura y este año prometía mucho.

Desde antes del inicio de la temporada tenía altas expectativas. Por primera vez en muchos años, teníamos probablemente al mejor pelotero de la liga nacional en Ronald Acuña Jr. con las famosas 5 herramientas (poder, velocidad, consistencia, defensiva y buen brazo), al bateador más consistente de los últimos años en Freddie Freeman y a una rotación abridora joven pero prometedora. A esto le agregamos a Josh Donaldson, Dallas Keuchel y un bullpen que cerraba juegos sin problemas y obtenemos un equipo contendiente que ilusionó a la fanaticada.

La temporada que tuvieron fue de ensueño, superando expectativas. Ronald Acuña casi llega a 40 robos y 40 home runs, Freddie Freeman superó las 120 producidas, el novato Mike Soroka está entre los candidatos a novato del año y el bullpen cerró la temporada con buenas actuaciones.

Todo iba bien hasta hace apenas unas horas, cuando los fanáticos de los Bravos recibimos una paliza de esas que te hacen cuestionarte si vale la pena toda esa inversión emocional que haces en un equipo. Como dice Emmanuel “todo se derrumbó” en 20 minutos. Todo se fue al carajo para Atlanta en la peor entrada que les he visto jugar en mi vida, la primera del quinto juego de la serie divisional contra los Cardenales, en donde les anotaron 10 carreras después de una comedia de errores y cambios de pitcher inoportunos. Aunque en realidad, tal vez todo se terminó en el cuarto juego, cuando dejaron 9 hombres en base en las últimas 3 entradas, incluyendo tener hombre en tercera sin out en la séptima y en segunda sin out en la novena, fallando en llevarlo a home.

Lo cierto es que Freddie Freeman, Josh Donaldson y Nick Markakis tuvieron una serie para el olvido, donde trajeron periódicos en lugar de bates y donde el cuerpo de relevistas falló a la hora buena en 2 partidos que tenían ganados. Una derrota como la de hoy se siente como un golpe en el estómago, que te deja sin ánimos de pararte al día siguiente para ir a trabajar y que todos en la oficina te pregunten por qué andas tan agüitado sin poder decirles que es por un estúpido juego de béisbol.

Me dan ganas de tirar la toalla. Estoy cansado de enojarme cada que termina la temporada, cuestionarme que pasó mal, repasar en mi cabeza entrada por entrada de la última serie y preguntarme por qué el manager hizo una u otra cosa. La gente de los Indios de Cleveland o los Piratas de Pittsburgh, me podría decir que sus historias son peores, que al menos los Bravos ganaron la serie Mundial del 95, que al menos los Bravos son competitivos casi siempre y su futuro es brillante, pero aun así creo que esta vez toqué fondo como fanático.

Solo me queda pensar en Zihuatanejo y la frase de Andy Dufresne que se lee mejor en inglés:

“Hope is a good thing, maybe the best of things, and no good thing ever dies”.

Un comentario sobre “Paraíso perdido

  1. Yo me apunto con la derrota del veracruz súper líder de cuau en primera ronda de liguilla con nada más ni nada menos que los grandes monarcas del Morelia!

Deja un comentario