¿Es el dopaje tan malo como parece? La historia de Lance y Tyler.

El tour de Francia es tal vez el reto más difícil que puede enfrentar un deportista. Tyler Hamilton en una entrevista alguna vez lo equiparó con correr un maratón cada día durante 3 semanas. Hamilton es el autor del libro “The Secret Race”, una lectura fascinante en la que describe su carrera desde los inicios como esquiador convertido a ciclista, pasando a ser miembro del infame equipo de US Postal Service con Lance Armstrong, hasta que lo ficharon por dopaje en 2004 después de detectar células de sangre de alguien más en su muestra después del tour de España.

Nunca fui fanático del ciclismo, sin embargo, como me gusta el deporte, por pura suerte llegué a leer acerca del tema. La primera vez que leí acerca de este deporte fue en la revista de Selecciones cuando tenía 10 años, en un artículo que contaba la historia de Greg Lemond y el que llamaban el regreso más impresionante en la historia del deporte moderno. En 1989, Lemond llego a la última etapa del Tour de Francia 50 segundos atrás del francés Laurent Fignon, una ventaja solamente equiparable a ir perdiendo 28-3 al medio tiempo en un Super Tazón y ganarlo (disculpa a los fanáticos de los Halcones de Atlanta).

Un poco atrás, en 1987, Lemond sufrió un accidente de cacería en el que perdió una tercera parte de su sangre cuando un compañero le disparó accidentalmente. Los doctores dudaban si sobreviría y no le daban esperanzas de competir con los mejores ciclistas otra vez. Una vez que empezó con el proceso de recuperación, Lemond comenzó a posicionarse cada vez mejor en las carreras en las que participaba, pero en realidad no era serio contendiente en el Tour de Francia de 1989.

Antes del inicio de la última etapa, después de duras batallas en los días anteriores, Laurent se acercó a Lemond y le dijo “Mi coach me dijo que así terminaría el tour, contigo detrás de mi en el segundo puesto, felicidades Greg”. Sin embargo, Lemond pensaba que todavía tenía una ligera oportunidad.

El final del Tour fue tal vez el más emocionante de la historia y hasta el día de hoy el más cerrado en la historia de la carrera. Después de 3000 kilómetros de carrera, el tour se decidió en el último kilómetro en el que se podía ver el gesto combinado de esfuerzo y decepción del francés al cruzar la meta con su suéter amarillo, ocho segundos atrás del tiempo final del norteamericano. Esta victoria lanzó a Lemond al estrellato, repitiendo como ganador en 1990 para poco después desaparecer del mapa cuando surgió el EPO, una estimulante de oxigenación de la sangre que el no quiso tomar.

Después de eso no supe nada de ciclismo. Honestamente pienso que no es un deporte amigable para la televisión, por su duración y porque no tiene casi nunca momentos emocionantes. No hay manera de que los comentaristas lo puedan hacer interesante, algo muy similar al golf o un maratón, que son un concierto de bostezos hasta el final, haciéndose interesante solamente si hay dos competidores peleando el triunfo.

Recientemente leí un artículo de Malcolm Gladwell para el New Yorker, en el que argumenta si el dopaje es tan malo como parece, contrapuesto a las ventajas genéticas que algunos deportistas tienen simplemente por haber nacido en una región geográfica o con una historia genética que favorece la práctica de algún deporte. La historia más curiosa es la de Eero Mantyranta, una leyenda de las carreras de esquí de larga distancia. Mantyranta tuvo la fortuna genética de tener una mutación que favorece la producción de glóbulos rojos, el cual favorece la oxigenación y le permitió competir esforzándose menos que sus rivales. En pocas palabras, lo que algunos atletas solo lograban con EPO, su cuerpo lo hacía naturalemente.

Ese artículo me llevó de regreso al ciclismo y al libro de Tyler Hamilton que inevitablemente está ligado a la historia de Lance Armstrong, que después de Lemond puede ser uno de los regresos más conocidos no solo del ciclismo, sino del deporte en general. Lance era el mejor ciclista norteamericano a mediados de los 90, pero rara vez terminaba las carreras largas. En su documental “Lance” en ESPN, Armstrong narra como poco a poco crecía su frustración de no poder competir contra sus rivales europeos que evidentemente estaban tomando EPO y otros estimulantes. En 1996 se le detectó cáncer en un testículo, extendido a los pulmones y el cerebro. Su situación era peor que la de Lemond años atrás, pues su probabilidad de sobrevivir era mínima y regresar al ciclismo estaba prácticamente descartado. Cuando venció a la enfermedad y quiso regresar al ciclismo, un ningún equipo lo quería firmar y solamente el modesto US Postal Service le dio la oportunidad. Tyler Hamilton cuenta en su libro que al inicio los resultados de US Postal eran modestos, pero poco a poco fue mejorando hasta llegar a estar a la altura de sus rivales, pero que nunca fueron serios contendientes en la carrera más prestigiosa, el Tour de Francia hasta 1999. Fue en este año cuando su equipo, autonombrado por los integrantes como “Bad News Bears” comenzó seriamente con un programa de uso de EPO para mejorar su rendimiento.

Desde mediados de los 90, el uso de EPO se hizo cada vez más común en el ciclismo. Lo interesante es que el deporte no hacía pruebas de EPO hasta inicios de los 2000, lo cual me dice que su uso era juego limpio en ese entonces. Además de esto, cuando se empezó a probar a los ciclistas por porcentaje de hematocrito (cantidad de glóbulos rojos en la sangre o en otras palabras lo que estimulaba el EPO), solo eran penalizados si estaban arriba de 50%, lo cual hacía que los ciclistas lo utilizaran en cantidades reguladas para que su sangre no excediera este porcentaje. Las tácticas eran cada vez más sofisticadas y con ayuda de su equipo de doctores, una logística envidiable y un poquito de suerte, los ciclistas cada vez eran más hábiles para engañar al sistema y no probar positivo. Esto me indica un problema con la prueba en cuanto a frecuencia y efectividad, pues permitió a muchos ciclistas competir por años a pesar de doparse con regularidad. Lance Armstrong nunca dio positivo en ninguna de sus cientos de pruebas (hay rumores de que dio positivo en una carrera en Suiza y sobornó a las autoridades para que no lo castigaran). Después de leer acerca de estos detalles me es difícil criticar a Lance Armstrong en incluso podría decir que sus victorias fueron legales dado el estado del deporte en esa época.

Es lo mismo que sucede con Barry Bonds y la negativa de comité para ingresarlo al Salón de la Fama del Beisbol. Cuando estaba conectando bambinazos a diestra y siniestra el HGH (hormona de crecimiento humano) no estaba prohibido y muchos de sus compañeros también lo tomaban. Sus récords y su desempeño no son más que un reflejo del deporte en esa época y no demerita en mi opinión el hecho de que fuera el bateador más temido tal vez de la historia (llegaron a caminarlo con las bases llenas).

En el ciclismo, antes de juzgar a Lance y su equipo hay que considerar que el dopaje que practicaban era extensivo en el deporte. Prácticamente todos los ganadores de la época como Marco Pantani, Miguel Indurain, Jan Ulrich y Alberto Contador en algún momento dieron positivo en el uso de sustancias prohibidas. La pregunta no era si darías positivo alguna vez, sino cuando sería. Es este aspecto, para alguien como Armstrong que venía desde abajo, el dilema realmente era usarlo y competir con ellos palmo a palmo o regresar a Texas y dedicarse a otra cosa. Lo mismo sucedió con Tyler Hamilton, pues una vez que Armstrong comenzó a utilizarlo, su equipo tenía estar al nivel o eran reemplazados por alguien que lo estuviera.

En su libro, Hamilton se describe como un hombre pequeño. En su plática de TED comparte su lema familiar: “No importa el tamaño del perro en una pelea, sino cuanta pelea puede dar el perro”. Es precisamente esa resiliencia la que lo distinguía de los demás y el EPO se encargaba de recompensar esta habilidad: “EPO me daba la posibilidad de sufrir más, me empujaba más fuerte de lo que habría imaginado en los entrenamientos y las carreras. Recompensaba exactamente lo que me diferenciaba de los demás, tener una buena ética de trabajo, empujarme al límite y sobrepasarlo. Comencé a ver las carreras de una forma diferente, ya no dependía de quien era mejor genéticamente o quién estaba en buena forma el día de la competencia. Ahora dependían de lo que habias hecho antes, que tan duro entrenaste y que tan profesional fuiste en tu preparación”.

Este último párrafo es el que resuena más en mi cabeza. Al final ese es el espíritu del deporte, recompensar al atleta que se esfuerza más. “The secret race” está lleno de pasajes en los que se describen los entrenamientos exhaustivos donde los ciclistas terminaban tirados en el pavimento sin poder caminar, dietas estrictas en las que un pedazo de pastel era castigado con horas extra de entrenamiento y un programa diario de entrenamiento con cadencias, watajes y distancias que solamente un deportista de elite podría hacer. Lo comparo con las historias de Michael Jordan y Kobe Bryant, que eran los primeros en el gimnasio y en la cancha y los últimos en irse.

Uno cree que los deportistas que se dopan son flojos y lo hacen para cortar camino. En el caso de Lance y Tyler, se dopaban para entrenar más duro y llegar al límite de su capacidad física. Su manera de actuar tiene para mí mucho más mérito que haber nacido por suerte con una mutación genética que te permita ganar una carrera, como Eero Mantyranta.

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