El final de la temporada pasada de los Bravos fue agonizante. La derrota en el quinto juego contra los Cardenales fue de las peores que he vivido como aficionado de este equipo y sin embargo, al final tenía esperanza. Mi película favorita es la de Sueño de fuga y si quisiera definir mi afición por el equipo en una frase, ésta sería: “Hay un pequeño lugar dentro de mí que no me pueden quitar y ese lugar se llama esperanza”.
Así como Andy Dufresne no merecía estar 20 años en la cárcel, nosotros no merecíamos un equipo que nos ha decepcionado por los últimos 20 años sin ganar una serie de playoff. Andy planeo su escape de prisión cada día y nosotros, a pesar de todos pensábamos en ganar la Serie Mundial cada día. Al final Andy escapó de la prisión de Shawshank y aquí estamos nosotros arrastrándonos por el túnel, con la esperanza de llegar a Zihuatanejo.
Esta temporada ni siquiera debió haber pasado. Después de agonizantes días de pelea entre el comisionado, los dueños y los jugadores todo terminó en un acuerdo de 60 juegos y playoffs extendidos.
Desde el inicio de la temporada los Bravos perdieron a su as Mike Soroka y eso, aunado al desastre que fue la contratación de Cole Hamels y que Mike Foltynewicz de repente olvidó como lanzar en las mayores, auguraban una final triste para el equipo.
Al final sorprendieron a muchos ganando fácil la división, principalmente porque la ofensiva se convirtió en una máquina demoledora de la mano de Freeman, Ozuna y un renacido Travis d’Arnaud. Max Fried reemplazó a Soroka como el as de la rotación y a media temporada Ian Anderson vino a darnos esperanza de que los abridores pudieran dar batalla en los playoffs.
Sinceramente no creí que pasaríamos de primera ronda. El bateo estaba ahí pero los lanzadores no me daban confianza. Enfrentar a Bauer, Castillo y Sonny Gray era para mí casi como medirse ante Glavine, Maddux y Smoltz en los 90, pero los Bravos me callaron la boca. Ante los Marlins nunca dudé; fuimos superiores toda la temporada y en los playoffs los barrimos sin problema.
La mala noticia era que en la serie de campeonato nos esperaban los Dodgers que son como los Monstars. Si los Bravos tuvieron un bateo increíble en la temporada, el único equipo mejor que ellos fueron los Dodgers. Los lanzadores ni se diga, con brazos para repartir en la rotación y bullpen, los de Los Angeles comenzaron como amplios favoritos. El único rubro en el que estaba pareja la serie es con los managers Dave Roberts y Brian Snitker. ¿Recuerdan la serie de “Aprendiendo a vivir” con Corey Matthews, Shawn y Topanga? Cada capítulo los niños aprendían una lección. Así Dave Roberts y Snitker, cada postemporada aprenden una lección y la siguiente vuelven a regar el tepache de la misma manera, como si fuera “Aprendiendo a morir”.
En esta serie, los Bravos han sido como esa pareja con la que pasas un fin de semana a todo dar y el lunes te peleas por una estupidez y te quedas pensando toda la noche si quieres seguir. Luego te despiertas al día siguiente y te sonríe y te dices en silencio, ¿en que estaba pensando?, claro que quiero seguir aquí y en la noche repites el ciclo, peleándote de nuevo.
Fried y Anderson empezaron la serie de manera casi perfecta, poniéndonos arriba 2-0 (aunque Snitker hizo un gran esfuerzo para arruinarlo poniendo a lanzar al estúpido de Josh Tomlin y su recta de 88 mph), luego el juego 3 nos trajo recuerdos de la temporada pasada cuando los Dodgers anotaron 11 carreras en la primera entrada. En el cuarto juego Bryse Fucking Wilson (ese es su nombre de ahora en adelante) nos puso a un juego de la Serie Mundial. En el quinto juego nos fuimos arriba, pero una buena atrapada de Betts y un error en la bases de Ozuna fueron el incio de la debacle, que culminó con el cuadrangular que le hizo su Will Smith a nuestro Will Smith. Hoy Max Fried lanzó un buen juego de 3 carreras en casi 7 entradas, pero la ofensiva fue la que estuvo apagada, por lo que se empató la serie.
Cuando terminó el partido, necesitaba reanimarme y lo que hice fue ver el cierre de la novena entrada se la serie de campeonato del 92, cuando apenas era un chiquillo y estaba enamorándome de los Bravos. Hay algunas similitudes a esta serie, los Bravos iban ganándola 3-1 y los Piratas la empataron. El cierre de ese séptimo juego fue hermoso. Doug Drabek nos blanqueó por 8 entradas y empezó la novena arriba 2-0, pero con 125 lanzamientos encima (Kevin Cash lo hubiera sacado en la quinta entrada para meter al cerrador). Un doble de Pendleton, un error del segunda base de los Piratas Jose Lind a un batazo de David Justice y una base por bolas a Sid Bream llenaron la casa sin outs. Por fin sacaron a Drabek para meter al cerrador Stan Belinda. No sé por qúe Bobby Cox dejó a Sid Bream en el juego cuando era por mucho el corredor más lento del equipo, pero esto hizo que el final fuera más emocionante. Un fly de sacrificio de Ron Gant nos dio la primera carrera y una cuestionable base por bolas al cátcher llenó la casa de Bravos de nuevo. Brian Hunter elevó a segunda y la esperanza de los Bravos recaía en Francisco Cabrera. Cuando Cabrera bateó un sencillo al jardín izquierdo pensé que Sid Bream no llegaba a home, se le veía el esfuerzo en la cara; parecía que rondaba tercera cargándome a mí de lo lento que iba. Fue una belleza cuando se barrió en home y hasta los Bat Boys celebraron entre la montaña de jugadores y como dice Pepillo Segarra, la algarabía era indescriptible en el graderío. Que buenos recuerdos; me dan aliento para sobrevivir el séptimo juego
Mañana todo está en las manos de Ian Anderson, un novato que va a lanzar el juego más importante para los Bravos en los últimos 20 años. Espero que no esté como yo, que soy un pi$%# manojo de nervios. Espero que mañana sea un buen día, tengo esperanza, y la esperanza es algo bueno y nunca muere, a menos que sea manejada por Brian Snitker.
Jajaja Bryse Fucking Wilson, muy bueno!