Alguna vez en una entrevista, después de una salida en la que permitió 9 carreras, le preguntaron al lanzador de los Marlins Jose Fernandez como se sentía con su desempeño. Su respuesta fue que eso era precisamente lo bello de este deporte, que tiene una hermosa manera de recordarte lo difícil que es y que por más bueno que seas, siempre habrá días malos de los que tendrás que sobreponerte. Solo basta pensar que un bateador que batea para un porcentaje de 0.300 se considera bueno, para darte cuenta de que ese bateador falla 7 de cada 10 veces que se para en la caja de bateo y está preparado mentalmente para que esto no lo afecte la próxima vez que se pare ahí a 60 pies de la lomita. Es un deporte de ajustes y más ajustes, del lanzador y del bateador, tomando en cuenta el ángulo de bateo, donde te paras en la caja de bateo, como acomodas las manos, secuencias de lanzamientos y tantas cosas pequeñas que si te detienes a analizarlas, llegas a comprender lo hermoso que es el béisbol.
El fin de semana pasado terminó la temporada para los Bravos, y para muchas personas esta derrota dejó un “buen” sabor de boca, pues se ve la progresión del año pasado a este, y tomando en cuenta los enormes huecos que tenía el equipo en la rotación de abridores, el hecho de llevar a los Dodgers al borde de la eliminación es ya como tal un gran logro.
Sin embargo, creo que ésta me dolió más que la derrota del año pasado porque el equipo estaba arriba 3-1 en la serie y estar tan cerca de la serie mundial hizo que la derrota me pegara más. Para la mitad del séptimo juego ya estaba yo más ansioso que un fumador en un vuelo trasatlántico porque parecía que las entradas de los Dodgers duraban media hora; cada bateador llevaba la cuenta a 3 bolas y 2 strikes o fouleaban bolas imbateables extendiendo sus turnos.
En realidad, el punto de inflexión de la serie fue el pisa y corre de Ozuna que salió antes de tiempo en el juego 5 y hubiera puesto el partido 3-0, equivalente a lo que le pasó a Goose en Top Gun que en un vuelo en el que parecía que todo iba normal, de repente una mala decisión y un pequeño error se llevó al avión a un caída en picada y a estrellarse trágicamente, seguido de Tom Cruise tratando de llorar sin convencer a nadie.
En todos esos juegos tuve la sensación de que el equipo podía ganar pero de repente el ampáyer no te daba las esquinas, el jardinero de los Dodgers hacía una atrapada espectacular o nos hacían una doble matanza por un mal corrido de bases. Fueron pequeños detalles en cada juego los que terminaron por hundirnos y cada uno de ellos hacía que me convirtiera poco a poco en Haley Joel Osment en Sexto Sentido: veía a mi equipo muerto. El año pasado desde la primera entrada del quinto juego ya todo estaba perdido y fue como si Mike Tyson me hubiera dado un golpe en los testículos. Esta vez siempre tuve la esperanza, y el hecho de no pasar a la serie mundial me dejó más agüitado.
No pude dormir y me quedé pensando en todo lo que el equipo pudo hacer mejor y al final cuando desperté, me metí a redes sociales para encontrar empatía en lo que sentía y me contagié del optimismo por los años venideros. Ya pasaron tres días y aún tengo la facha de Andy Dufresne, con los ojos llorosos, acabando de salir del hoyo por haber puesto música de ópera en las bocinas de Shawshank, pero esta vez hay algo de positivismo en mí, porque me di cuenta que es un buen augurio el hecho de que el equipo es muy joven, y que casi todos los jugadores importantes están ya asegurados con contratos largos.
Tal vez debo considerarme afortunado de haber visto campeón a mi equipo alguna vez, estar contento de no ser como los Indios o como eran los Red Sox y los Cachorros, pero sé que la depresión todavía va a durar unos días más. Solo quería que esta vez la película hubiera tenido un final alterno. Que Brad Pitt, al preguntar “¿Qué hay en la cajaaaaaaaa?, ¿Qué hay en la cajaaaaa?”, no estuviera la cabeza de su mujer y no tuviera que matar a John Doe. Que esta vez fuera Melancon el que levantara las manos al final en un abrazo con Travis d’Arnaud, que Acuña, Albies y Ozuna se tomaran la falsa selfie en los jardines, que Snitker y Ron Washington se saludaran cordialmente tratando de actuar como adultos y que Freeman se fuera con su familia brincando como loco.
Esta vez la película terminó igual que siempre, pero al final de los créditos apareció el “Continuará”, con letras brillantes. No puedo esperar para el 2021…