Yo, mi padre y Michael Jordan

En 1994, si entrabas a mi cuarto lo primero que veías era un poster de Michael Jordan. La imagen era la icónica figura de MJ en el aire, con la lengua de fuera saltando para hacer una clavada, con la luna de fondo. Algo parecido a este:

Recuerdo el momento exacto en el que conocí el basquetbol, a los 10 años. Eran las finales de la NBA: los Lakers de Los Ángeles contra los Toros de Chicago. Mi padre se sentó en el sillón del cuarto de televisión y como la transmisión en TV Azteca con Enrique Garay y Pepe Espinosa era diferida, lo comenzamos a ver en el canal americano. Al inicio, el logo de NBC iba apareciendo lentamente y Bob Costas anunciaba “This…is the NBA on N – B – C”. El hechizo sucedió con la presentación de los equipos, más precisamente cuando se apagó la luz del estadio y de repente se empezó a escuchar Sirius, de Allan Parsons Project, con los reflectores y luces siendo un preludio de que algo grande iba a suceder. El logotipo de un toro rojo me deslumbraba al centro de la cancha. Yo estaba con la boca abierta viendo como el público se volvía loco entre aplausos y expresiones de asombro, cuando el presentador dijo:

“And noooooooow, the starting lineup for youuuur Chicago Bulls!”,

presentando al último a un jugador que desde que lo vi me atrajo con un magnetismo que no había sentido antes. Era como el macho alfa jefe de la pandilla, de esos que cuando entran a un lugar se escuchan murmullos y todas las miradas se tornan hacia él; algo así como Al Pacino en el Abogado del diablo, o en el Padrino…

«From North Carolina, at guard, 6’6” Michael Jordan».

Le pregunté a mi papá ¿Quién es él? –  Es Michael Jordan -, me dijo, – el mejor jugador de basquetbol.

Ese año comenzó mi fascinación por los deportes y, aunque mi padre nunca fue tan fanático, puedo decir que empecé a verlos por influencia de él. Como niño siempre tiendes a querer ser como tu papá, imitándolo en todo. De toda la familia, yo sentía que mi padre era el eje alrededor del cual gravitaban la vida de todos los miembros. Siempre fue el más activo en el deporte y era prácticamente el único que se incluía en las retas de futbol o basquetbol con mis primos. No solamente se incluía, sino que organizaba todo y nos ganaba siempre. Mi padre era competitivo con un balón frente a él y esto, aunado a su mal merecida fama de regañón y estricto (no tanto como JK Simmons con Miles Teller, pero casi) le daban un aura de liderazgo y superioridad que despertaba un sentimiento de admiración. Terminando de jugar lo acompañábamos por su litro de jugo de naranja, nos contaba sus proezas en la cancha cuando era más joven y nos introdujo a legendarios personajes del baloncesto victorense como La Cimbra y el Caramaco, que siguen siendo parte del lenguaje popular de mi familia.

Esta admiración por mi padre hizo que eventualmente comenzara a acompañarlo cuando salía a correr con un traje negro que parecía una bolsa de basura mientras los transeúntes me veían como si fuera algo raro. Empecé también a intentar jugar basquetbol con él en la cancha que estaba cerca de casa y como no la llegaba ni al aro, mejor puse una canastita en la puerta de mi cuarto donde volaba por los aires sacando la lengua y azotando el balón con fiereza.

En medio de todas estas ganas de comenzar a practicar deportes, empecé a consumirlos descontroladamente. Me atraía por igual verlos y jugarlos. Entre más veía un deporte, más quería saber los detalles, las reglas y sus mejores jugadores. Ese año fue memorable para mi formación como fanático obsesivo del deporte (en el buen sentido). Primero me enfermé de hepatitis durante el mundial de Italia 90 y gracias a esa bendita enfermedad pude ver todos los partidos. Luego, al inicio de 1991 conocí el futbol americano y me hice seguidor de los Bills de Buffalo (la influencia principal fue mi primo Gerardo y el apodo del “ametralladora” Kelly), vi en casa de mi vecino Manuel la Serie Mundial que perdieron los Bravos contra los Mellizos y comencé a seguir a los Toros de Chicago de Jordan después de ese partido de la final contra los Lakers y la inolvidable frase “Oooooh!, spec- tac – ular move by Michael Jordan”. Veía prácticamente cualquier deporte que me ofreciera el canal americano, y leía todas las noticias deportivas en el periódico, sobre todo los domingos.

Tomen en cuenta que hablamos del inicio de los 90’s y no existían el internet, los DVDs ni los iPhones. Dos grandes ventajas de vivir en la frontera es que podías ver transmisiones de deportes en vivo en los canales americanos por televisión abierta y que casi todos los fines de semana cruzábamos a McAllen, donde comencé a gastar cada peso que obtenía en tarjetas de basquetbol y donde jugaba con mi hermano en la tienda de tenis “Just for Feet”, que tenía un aro donde nos quedábamos horas ante miradas inquisitivas de los empleados, mientras mi mamá iba de compras. Comprenderán que ir a Mcallen en ese entonces para mí era como Disneylandia. Me aprendía las estadísticas de los jugadores en el reverso de las tarjetas y me convertí en algo así como un pequeño Will Hunting del deporte, una enciclopedia miniatura que se ponía nervioso cuando su jugador favorito iba a tirar un penalty, que se iba debajo de la cama porque no quería ver el gol de campo decisivo de los Bills de Buffalo y que se comía las uñas en los últimos minutos del partido de basquetbol.

Así como mi padre introdujo el baloncesto en mi vida, Michael Jordan me hizo conocer a los demás jugadores. A través de esos primeros años, Michael Jordan no solo ganó 6 campeonatos, sino que desmoralizó a toda su competencia, incluyendo a los Knicks de Patrick Ewing que desde su año de novato parecía que tenía 40 años (como Robert Redford en “El Natural” o Ed Harris en “Major League”, que se veían viejos para su papel), a los Pacers de Reggie Miller, a los Blazers de Clyde Drexler y su calvicie prematura, a los Soles de Charles Barkley, al Jazz de Stockton y Malone y al Magic de Shaq y Penny Hardaway, entre otros. Jordan era el epítome del basquetbol y durante todos esos años, no creo que haya habido una sola persona en mi vida que no supiera quien era Michael Jordan.

Pocos años después, Reggie Miller se convirtió en mi jugador favorito, justo después del famoso partido donde anotó 8 puntos en 8.9 segundos (el silencio en el estadio después de su segundo triple nunca se me va a olvidar). Miré los partidos de los Pacers de Indiana hasta que se retiró, tristemente sin haber ganado un título. Recuerdo verlo jugar y estar en un estado absoluto de asombro. Ayudaba que hacía todo lo que te puede gustar de un jugador cuando eres adolescente, hablar basura con jugadores rivales y con Spike Lee por igual, anotar triples y ser absurdamente competitivo. Comencé a tirar los tiros libres como él, con un pie adelante y uno atrás y empecé a practicar triples casi exclusivamente.

Jugaba basquetbol todo el tiempo y la cancha de la Facultad de Ciencias Químicas se convirtió en mi segundo hogar. Mi hermano y yo nos íbamos a jugar todas las tardes y muchas veces hasta pasada la medianoche. El basquetbol se convirtió mi refugio, el lugar a donde me iba a pensar, a desahogar una decepción amorosa o una decepción deportiva (cuando iban goleando a los Rayados, mi hermano mejor se iba a la cancha). Poco a poco fui creciendo y jugando mejor, ahora más con mis amigos que con mi papá. Sin embargo, en las vacaciones que pasaba en Ciudad Victoria, él seguía siendo mi rival en la cancha. Mi padre era competitivo y nunca me dejó ganarle. Hasta que tuve 16 o 17 años comencé a darle batalla y todavía recuerdo la primera vez que le gané, con un gancho glorioso al estilo de Kareem Abdul Jabbar bajo las luces nocturnas del estadio de Victoria.

De ahí en adelante nuestros partidos fueron más espaciados y cuando iba al estadio ahora lo hacía casi siempre con mi hermano. Cuando me vine a vivir a Querétaro, hablaba a casa todos los domingos, y con mi padre la conversación era de mi trabajo, de cómo me iba y sobre todo de cualquier evento deportivo que haya habido en la semana. La mayor parte del tiempo hablábamos de futbol, de la selección, de las Chivas y los Rayados, pero me daba cuenta con el cambio de tono de su voz cuando le platicaba de cuando iba a jugar basquetbol con mis amigos. Platicábamos hasta que algún silencio incómodo interrumpía la conversación.

En diciembre que fui a Ciudad Victoria vi en el closet varios viejos álbumes familiares. Uno de ellos tenía una fotografía de mi padre, calculo que era en la universidad, jugando basquetbol, tomada justo en el momento que lanzaba un tiro, con su mismo estilo y la misma forma en que lo vi lanzar años después. Hasta antes de que se fuera por culpa de un letal cáncer en el hígado, todavía de vez en cuando seguía acompañándonos a mí y a mi hermano al estadio y su tiro de media distancia seguía tan efectivo como siempre.

Hay cosas que nunca le conté a mi padre y muy seguramente hay cosas que nunca me contó. Mi fanatismo se lo debo a él, me lo inculcó desde niño cuando lo veía emocionarse y manotear hacia el televisor durante un partido de futbol. No importa que viéramos la vida diferente, porque siempre estaba el basquetbol para reunirnos; ir a la cancha a jugar con él o llamarle por teléfono los domingos para hablar de deportes era más que suficiente para hacerme feliz.

3 comentarios sobre “Yo, mi padre y Michael Jordan

  1. Que maravillosa conexión, vívidos recuerdos y gratificantes recuerdos imborrables de la vida.
    Gracias por compartir!!!

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