La importancia de ser odiado

¿Por qué nos atrae tanto el anti-héroe, ese personaje que rompe las reglas y estándares sociales creados por los medios o quien sabe quién?  Tal vez tenga que ver con la edad. De pequeño, tu personaje favorito de La Guerra de las Galaxias es Luke Skywalker, un héroe en toda la extensión de la palabra, sin una gota de maldad en su sangre. Después, en la adolescencia tu héroe es Han Solo, un Indiana Jones del espacio (irónicamente interpretado por Harrison Ford), que es más humano, más como nosotros. Posteriormente empatizas con Darth Vader, el villano de la película.

Hay una tendencia en la cultura popular de humanizar al villano. El creador de este concepto fue Barney Stinson, que describía con pasión la “verdadera identidad” del Karate Kid, Johnny Lawrence. Ahora la serie de Cobra Kai nos muestra el lado humano del personaje y nos incita a empatizar con él. Lo mismo sucede con Cruella DeVille, Maléfica, El Guasón Y Thanos (¿qué puede ser más villánico que matar a la mitad de la humanidad?, ¿acaso poner una bomba en un santuario de rescate de cachorros, atar a una persona indefensa en las vías del tren o querer destruir a los Thundercats?). Hasta el más robótico de los villanos en la saga de Rocky, Iván Drago, se nos muestra más humano en la serie de Creed, que después de ver la película puedo decir que “lo entiendo”.

La realidad es que no es tan difícil esa humanización. Mi teoría es que todos tenemos ese pequeño Mr Hyde en nosotros; una escondida dicotomía en contraposición a nuestro Dr Jekyll. Obviamente en algunos aflora más la villanía, pero quisiera pensar que mis cuatro lectores han sentido ese pico de adrenalina cada  vez que rompen las reglas, ya sea manejar a más de 130 kilómetros por hora y disfrutar de la velocidad como un tigre en libertad después de estar en cautiverio, romper una dieta comiendo un delicioso pastel de chocolate, ver una persona tropezar y no parar de reír sin control o simplemente maldecir a un árbitro de futbol cuando sanciona un penalti en contra de nuestro equipo favorito. Todos lo hemos hecho, a menos que alguno de ustedes quiera lanzar la primera piedra.

Pero este es blog de deportes ¿Qué no?… Bueno, el deporte es el epítome de la meritocracia, a menos que hagas trampa (aunque hacer trampa también lo considero una habilidad, pero este es otro tema). Partiendo de eso, cualquiera que destaca en el deporte, lo merece absolutamente, ha puesto horas de entrenamiento, sudor y hasta sangre para llegar a ser el mejor. Sin embargo, muchas veces el entrenamiento y la habilidad no es suficiente. La fortaleza mental es clave de su éxito y un componente que he escuchado una y otra vez en historias de atletas exitosos es precisamente como se motivaron a ser mejores pensando en quien estaba en su contra, repitiendo en su cabeza las palabras de quien les dijo que no podrían lograrlo y usarlo como motivación.

¿Quién es su némesis, su archienemigo? el catalizador de su motor interno. Michael Jordan nos lo explica en “The Last Dance”. El estaba constantemente buscando combustible para encender su competitividad y buscaba enemigos hasta debajo de las piedras para sacar lo mejor de sí. Cualquier cosa que escuchaba que un rival había dicho, lo tomaba personal y se construía una fantasía en la cabeza en la que tenía que destruirlos para demostrar que él era mejor. Todos eran villanos en su historia: los Bad Boys, Magic, Clyde, Barkley, Malone, Reggie, Starks, y cuando se le acabaron los rivales, buscaba hasta en sus propios compañeros de equipo, como Toni Kukoc y Horace Grant, y hasta su gerente general Jerry Krause.  Al final, ya sin rivales, prefirió retirarse. Entiendo que, como fanáticos, el villano es el rival, y para los Knicks, Pacers, Jazz y demás equipos, Michael Jordan era el villano de la novela, sin embargo, es difícil conceptualizar como villano a alguien que simplemente es mejor que tú. Según he visto en entrevistas, salvo contadas excepciones como Isiah Thomas, Jordan no era visto como un villano por sus rivales, sino más bien con admiración y respeto. Su imagen de héroe se magnifica porque en ésa época no existían los medios como existen hoy, donde puedes, en instantes, hacer una disección de una jugada o de un gesto y hay una lluvia de opiniones encontradas de su significado.  ¿Sería Michael Jordan visto de la misma manera en la época actual?

Adelantándome un poco en la historia del basquetbol, en la época actual, no sé por qué veo a Lebron James como villano. No puedo explicarlo, pero no me cae bien. Me interesa que alcance récords, me gusta verlo en finales de la NBA. Como persona, no tiene nada malo. Al contrario, es un chico de Akron, Ohio que a pesar de tener expectativas enormes, logró alcanzar muchas de sus metas, no como Jeff Francoeur o Josh Hamilton en el beisbol, Ben Simmons en el basquetbol o Ryan Leaf en el futbol americano. Lebron James aprovechó su talento natural y excedió todas las posibles expectativas que se tenían de él. Podría decir que es el jugador más talentoso que he visto, pero no el mejor jugador que he visto y probablemente esa es la razón por la cual no me cae bien. Lo veo como un ser diseñado en un laboratorio para jugar baloncesto, no tiene muchas debilidades, incluso ahora a sus 38 años. Llevó a sus equipos a 8 finales de la NBA de manera consecutiva; tenerlo en tu equipo era la manera más fácil de tener una franquicia exitosa. Por consiguiente, irle a un equipo donde juega Lebron, es como ser fanático de la Ley de la relatividad, no tiene ningún mérito, porque simplemente existe y hay un nivel de irrefutabilidad en su talento. Es decir, no me impresiona lo que ha logrado, porque era algo que se esperaba de él. Le agrego a eso sus posturas políticas, su constante búsqueda de admiración, su decisión televisada de “llevar su talento a South Beach” y sus reacciones exageradas a una llamada arbitral que francamente yo no tendría ni siquiera si atropellaran a mi perro y se redondea la figura de villano para mí. ¿Suena a envidia o celos? Tal vez sí, pero así es el deporte. Me gusta ver sus partidos y me gusta verlo perder.

Chuck Klosterman, en su libro “I wear the black hat”, nos describe al villano como la persona que sabe más, pero le importa menos. Bajo este concepto, otra modalidad de villanía deportiva es la del talento desperdiciado. Aquel deportista que tiene todas las habilidades para ser el mejor, pero simplemente no le interesa entrenar y mejorar. Dentro de esta categoría está el tenista Nick Kyrgios, que frecuentemente es descrito como el tenista más talentoso del circuito. Pero ¿Cómo el tenista más talentoso no tiene en su palmarés ningún título importante? Los medios lo ven como villano, en su raíz porque ha desperdiciado su talento, porque piensan que, si ellos tuvieran ese talento, harían mucho más con él que lo que está haciendo Nick Kyrgios, o porque constantemente ven a otros jugadores menos talentosos tener más éxito en las canchas. No ayuda mucho a su causa el hecho de que él mismo declara que no le gusta jugar, que para él el tenis es como un hobbie y que el éxito no le importa de la misma manera que le importa a los medios, que constantemente hace rabietas, rompe raquetas (¿si no le interesa, por que le enoja tanto fallar un golpe?) y hace declaraciones “controversiales” políticamente. El pináculo de su villanía fue decirle a Stan Wawrinka, su rival en la cancha de tenis, que otro tenista se acostó con su novia. El deporte en general es algo que se cataloga como “entretenimiento” y en porcentaje, son pocas las personas en el mundo que tienen el talento innato para destacar, que nacen con la genética perfecta. Inconscientemente creemos que Nick no tuvo que trabajar mucho para tener ese talento que ha demostrado. Lo vemos, nos vemos, y lo odiamos porque prefiere irse a tomar una cerveza la noche anterior a un partido.

El deporte que más me gusta jugar es el squash, y su popularidad no es muy grande entre mis conocidos. Frecuentemente cuando hablo de squash, tengo que explicar como se juega y de que se trata. A nivel internacional tampoco es un deporte que acarree grandes cantidades de gente para verlo, aun siendo un deporte que yo considero como espectacular. Jugadores como el colombiano Miguel Angel Rodriguez y Ramy Ashour son visualmente exhilarantes. Es por esto que veo como una bendición para este deporte que su actual #1 del mundo sea un villano en toda la extensión de la palabra, el egipcio Mostafa Asal. Es un monstruo en la cancha, con una gran potencia física y un control de raqueta excepcional, pero también es un jugador que muchos consideran como una desgracia para el deporte, incluso muchos de sus colegas jugadores. Bloquea líneas de entrada para que sus rivales puedan llegar a hacer sus golpes, finge lesiones, retrasa el juego, reclama al juez de silla, pero sobre todo, su estatus de villano llegó por una controversial celebración de una victoria sobre Paul Coll. La celebración en sí no es grosera ni mucho menos, Cuauhtémoc Blanco celebró mucho mas irrespetuosamente muchos de sus goles (un gran villano mexicano); pero en un deporte considerado de cuello blanco como el squash, muy de caballeros, es muy “irrespetuoso” quitarte la playera para celebrar, nunca se había visto. Para mí es una bocanada de aire fresco ver un personaje así en el squash y es beneficioso para la popularidad global de este deporte tener a un villano como su mejor representante.

Como sociedad es tanto nuestro amor por la villanía, que llego a donde no quería llegar. Llego a hablar del futbol mexicano y de un equipo que ha hecho de ser villano un lema, una causa y un grito de guerra. Desde pequeño tengo en la cabeza de que, en México, independientemente del equipo al que le vayas, futbolísticamente hablando nos dividimos en los que aman al América y los que odian al América. No sé por qué ni como se me transmitió. Mi padre no me lo dijo, ni mis amigos, simplemente lo sé, parecido a cuando aprendí a hablar, por imitación o por repetición.  El América es indudablemente el equipo de futbol más odiado de México y sus fanáticos han abrazado ese concepto, llegando a acuñar después de un campeonato en 2005 el lema de “Odiame más” como una forma irreverente gritar sus victorias a los cuatro vientos. Y si le preguntas a cualquiera de sus aficionados, esa frase la repiten con orgullo. Les gusta ser villanos, les atrae. ¿Y por qué no, si la maldad es estupenda?

Se que me pueden dar muchos ejemplos de atletas que han destacado sin tener enemigos, pero créanme, todos tienen uno, ya sea real o imaginario. Aunque creamos que no es necesario tener adversarios en nuestra vida, un villano siempre va a darnos una razón para mejorar. En mi niñez, mi archi- enemigo en la vida real era el “Chucky”, un niño aproximadamente de mi edad que vivía en mi cuadra que casi siempre era mi rival en el futbol, futbol americano, los trompos y las canicas. La última vez que me enredé a golpes con alguien, fue con él. El problema es que cuando crecí, no recuerdo haber tenido otro némesis y tal vez por eso no nació en mi el fuego de ser el mejor en nada; me faltó un rival que me motivara. El hombre promedio no es tan susceptible a cultivar rivalidades. Mis “villanos” son otras cosas, como el tráfico, el lenguaje inclusivo, mi vieja podadora o como pudieron ver arriba, Lebron James y las Águilas del América.

Dijo Facundo Cabral que si los malos supieran que buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio. Pero, ¿qué no hacer negocio con algo bueno teóricamente le quita la bondad?

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